domingo, 15 de junio de 2008

CHAIR CAR

Caminé por las calles desiertas, o casi desiertas, de una zona de chalets. Algunos habitantes, a pesar de la hora matinal, ya estaban levantados; me miraban pasar desde los garajes. Parecían preguntarse qué estaba haciendo yo allí. Si me hubieran abordado, me habría costado mucho contestarles. En efecto, nada justificaba mi presencia allí. Ni en ninguna otra parte, a decir verdad.
Había estado caminando durante toda la noche y a causa de la helada mis pies prácticamente no tenían sensibilidad. Aun persistía el estruendo de los incesantes latidos golpeando una y otra vez contra mi pecho. El aire me faltaba.
Continué caminando algunos metros más hasta que me topé con una estación de tren. A pesar de la indecisión compré un boleto de ida hacia una ciudad de extraño nombre que aún no logro recordar. En el vagón éramos tan solo cuatro personas, sin embargo, quien llamó mi atención fue una mujer de edad avanzada sentada a mi derecha; vestía un hermoso vestido de seda negra y unos zapatos de charol. En sus manos llevaba un portarretrato del cual no apartaba su vista, mientras unas silenciosas lágrimas recorrían sus inertes mejillas. Perdí completamente la noción del tiempo, el aire estaba espeso, pesado; el reflejo del sol golpeaba contra mi nuca produciéndome una leve somnolencia. De repente el tren se detuvo lo y provocó que escape por unos instantes del aquel ensimismamiento. Mi mirada se posó en los dos pasajeros que nos acompañaban pero que en esos momentos descendían del vagón. Cuando volví mi cabeza hacia la mujer ella me sonreía con una dulce mirada. El tren volvió a emprender su marcha al tiempo que un extraño zumbido, lejano pero muy agudo, invadió el espacio. Fue tal la presión en mis oídos que automáticamente tuve que taparlos con las palmas de mis manos mientras mis los ojos se cerraban fuertemente. Así permanecí durante unos instantes hasta que un estruendo causó que los abriese bruscamente. Sentí que caía y caía a través de la profundidad de un largo pozo, mi pecho se contrajo y mi boca dejo escapar un grito ahogado sin tiempo ni final. El ensordecedor retumbar de la sirena no tardó en escucharse.
Hoy les confirmo que mi presencia sí tiene una justificación aquí y ahora. Ni allí ni allá, aquí, justo en este instante. Porque de eso se trata la vida, de vivir y disfrutar el pequeño instante presente. Porque ningún sufrimiento- menos aún el cual me tenía encerrada y sin rumbo caminando por aquellas callecitas desiertas de una zona de chalets- es más grande que mi decisión de triunfo. Porque de mi depende y de nadie más, y por lo tanto ¿qué enfermedad puede ser un obstáculo si el objetivo ya esta visualizado? ¡Al igual que la Flor de Loto, la cual crece y se desarrolla rodeada de un lodo espeso y crudo pero que a pesar de ello posee una belleza admirable, avancemos más allá de la circunstancia en la cual nos encontremos!


Agradecimientos: A Edward Hopper.

Wanda.

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